Relato de terror: Arturo, el rey de los juguetes

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El siguiente relato de terror: “una noche tranquila” es de autor anónimo (fue encontrado en una publicación de Facebook). Si tu sabes quien es el escritor, te invito a dejar el nombre en los comentarios, así podremos dar los créditos correspondientes.

Arturo: El rey de todos los juguetes

Mi infancia nunca fue normal. Aún recuerdo que mi hermana y yo sufrimos mucho cuando éramos pequeños.

En aquellos años, mi padre nos había abandonado por otra mujer y mi mamá ganaba tan poco dinero en su trabajo, que darnos de comer, pagar la renta y darnos una educación normal era una lucha de todos los días.

Sin embargo, y a pesar de la vida de mierda que teníamos, las festividades de diciembre siempre fueron mis favoritas. Todos los años esperaba con muchas ansias que llegara la época decembrina.

Cada vez que la música típica de Navidad comenzaba a sonar por todas partes, mi madre pasaba menos tiempo con nosotros. La extrañábamos mucho, pero tanto mi hermana como yo sabíamos que la recompensa era grandiosa. Ambos recibíamos muchos juguetes, algo que para unos simples niños significaba lo mejor del mundo.

Y aunque al principio no sabía bien a que se dedicaba mi madre, ya cuando tenía 12 años, descubrí cual era el verdadero oficio de mi madre.

La escuchaba salir de la casa cuando ella creía que nosotros estábamos dormidos y la veíamos desde la ventana mientras se subía a los autos de varios hombres. Uno diferente cada noche.

Aunque mi hermana veía lo mismo que yo, nunca entendió que fue lo que hacía mi mamá. Y yo jamás le dije, preferí que viviera con una buena imagen de ella.

Al principio mi mamá solo se iba a trabajar con aquellos tipos en época navideña, sin embargo, la crisis económica la obligó a hacerlo más seguido… a tal punto de dedicarse a eso todos los días.

Y pues tener una madre que se dedicaba a tal oficio tuvo sus ventajas y desventajas. De vez en cuando recibía figuras de acción, pistolas de agua y uno que otro libro. Mi hermana también recibía todas las muñecas Barbie que aparecían en la televisión, e incluso hasta un hornito mágico.

Ya sabíamos que la manera de recibir estos juguetes era siempre hacerle caso en todo y cuando nos mandaba a dormir, teníamos que hacerlo en ese instante.

Pero pues mi mamá era astuta, para asegurarse de que si nos fuéramos a dormir, colocaba todos los juguetes en una vitrina de vidrio.

Yo esperaba hasta que se fuera para poder jugar un ratito más. Mi hermana, por otro lado, no quería hacer enojar a nuestra madre así que siempre se quedaba dormida y no jugaba hasta el otro día.

Pero como dije, también tuvo sus desventajas. Se corrió la voz de que mi mamá era una puta y en diversas ocasiones tuve que pelearme en la escuela para callar a esos idiotas. Comencé a odiar la escuela y cada vez tenía menos amigos.

Pero pensándolo bien era un trato justo. Unas cuantas peleas, ¿pero tener juguetes nuevos en todo el año? Claro que podía vivir con eso.

Sin embargo, todo cambió cuando yo tenía 12 años. Mi mamá ya no se iba tan seguido, a veces regresaba golpeada, enojada y sin dinero. E incluso fue pillada una vez robando en una tienda. Lo bueno fue que lo único que robo era un poco de leche y pan para que nosotros pudiéramos comer ese día. El encargado de la tienda no levantó ningún cargo.

La veía llorar todo el día y sin importar todo lo que hacía para tratar de consolarla, nada la hacía parar.

Yo intenté ayudarla llevandole periódicos todos los días para que pudiera buscar un empleo. También intente buscar trabajo para mi, pero por mi corta edad nadie me quiso contratar.

Después de varios días así, mi madre prefirió intentar regresar a su viejo oficio. Se iba muy arreglada para deambular de día y de noche las esquinas de la calle.

Sin embargo, todo seguía mal. Había días en que no comiamos nada, en que no teníamos dinero para comprar las cosas de la escuela y lo peor… mi mamá tardaba hasta 3 días en regresar con nosotros. Yo comencé a sospechar que no íbamos a recibir ningún juguete ese año.

Lo peor vino una noche, un día después de navidad. Recuerdo que yo estaba jugando con mi G.I. Joe y mi oso de felpa, al que yo apodé Arturo, el Rey de todos los Juguetes. Ese apodo le puse porque fue mi primer juguete y lo quería demasiado.

Mientras tanto, mi hermana jugaba con una de sus Barbies, que ya estaba sin ningún pelo y sin una pierna, y también pintaba en un libro para colorear viejo.

A pesar de no haber recibido ni un solo juguete bajó del árbol, aún conservábamos el sentimiento de la festividad. Nuestra vieja televisión tenía sintonizando al Grinch, estábamos bien… hasta que llego mamá.

Lucía como si hubiera llorado por muchas horas, su blusa estaba rota, tenía sangre en su cara y venía acompañada de tres hombres.

Y como si alguien se hubiera apoderado del cuerpo de mi mamá y le hubiera borrado el cariño que siente hacia mi, me gritó que me fuera a dormir. Apenas eran las 7 de la tarde, pero al ver su cara de furia, decidí no confrontarla.

Lo único que le pedí fue que me dejara dormir con mi oso de felpa. Pero esa noche fue inusualmente cruel y me lo arrebató de las manos. Encerró todos los juguetes en la vitrina y agarrándome del cuello me metió al cuarto.

Sin embargo, antes de meterme al cuarto, noté como los 3 sujetos miraban a mi hermana pequeña. Así que a pesar de que mi madre me metió bruscamente al cuarto, me volví a salir y le dije que mi hermana también se tenía que meter conmigo.

Mi hermana estaba horrorizada y me veía a los ojos de tal forma que sabía que me estaba pidiendo ayuda. Yo me sentí tan impotente en ese momento, vi como uno de los sujetos se arrodilló a su lado y le comenzó a apartar el cabello de la cara.

Entre gritos y lágrimas le supliqué a mi madre que dejara que mi hermana se metiera al cuarto. Mi mamá me volvió agarrar del cuello, pero pude soltarme y corrí a auxiliar a mi hermana pequeña.

Pero en ese momento, uno de los hombres, que estaba muy musculoso, se irritó tanto con mis acciones que me propinó un buen golpe en la cara. Dos dientes se cayeron de mi boca y, aturdido, caí al piso.

Antes de desmayarme, pude ver a mi hermana llorando y al tipo que me estaba cargando para meterme al cuarto. Lo único que pude hacer fue gruñir el nombre de mi hermana:

— Fernanda…— Después de eso no supe que pasó…

A la mañana siguiente desperté recostado en el suelo del cuarto. Mi mandíbula me dolía y tenía la cara sangrada. El olor de la sangre era penetrante, cobriza y abundante. Al principio creí que era la mía, por eso no le tomé mucha importancia.

Me incorporé y comencé a abrir la puerta de mi cuarto lentamente. Al abrirla completamente descubrí que el olor a sangre que percibí no era la mía.

En nuestra mesa, ahora rota, yacía uno de los hombres, su garganta había sido cortada con tanta profundidad que no podía entender cómo era posible que su cabeza siguiera unida a su cuerpo.

El segundo hombre, el que me había golpeado, estaba en el sofá… tenía enterrado un cuchillo en su mera frente, aún tenía los ojos abiertos.

El tercero estaba tumbado en el suelo, tenía la cabeza y las rodillas destrozadas; el bate de béisbol seguía a su lado.

Mi madre se encontraba a lado de la puerta del baño, tenía sus venas rajadas en ambas muñecas y una mirada de profunda tristeza.

Y al final… encontre a mi hermana. Estaba cubierta de sangre, pero intacta, ni un solo rasguño tenía en su cuerpo.

Cuando llegaron los policías a interrogarla, mi hermana no supo que decirles, lo único que mencionó es que escucho una voz que le dijo:

— Fernanda no te preocupes, nosotros te protegeremos.

Los policías quedaron perplejos. No sabían como una pequeña niña de 9 años pudo confrontar y asesinar a 3 tipos tan grandes. Porque eso sí, mi madre se quitó la vida por su propia mano, me imagino que no tuvo el valor de ver lo que esos sujetos le querían hacer a mi hermana.

En ese momento reflexioné si en verdad Santa Claus era real después de todo. ¿Quizá se le hizo tarde para entregarnos los juguetes y vino a rescatarnos?

Pero después vi la vitrina. Al acercarme a ella noté que estaba abierta y que todos los juguetes estaban fuera de su sitio. Salazar, el Rey de todos los juguetes tenía manchas rojas en su listón negro. Lo miré, puse mi mano en el vidrio y con lágrimas en los ojos le dije: «Gracias».

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