Caperucita roja [versión del lobo]

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El siguiente relato es una adaptación de Vago de Internet del cuento clásico “Caperucita Roja”, de Charles Perrault. En esta historia leerás, nuevamente, las aventuras de la niña con la caperuza roja y el lobo feroz.

No obstante, hay un pequeño detalle, y es que, en esta ocasión no vas a conocer la historia que todo mundo se sabe, sino la otra versión, esa del lobo que jamás se contó. Espero que lo disfrutes.

La caperucita roja: La historia contada desde la perspectiva del lobo

Siempre procuraba tenerlo limpio y ordenado. Cada vez que alguien se paseaba por el bosque y tiraba su basura, yo era el encargado de recogerla.

Todos los animales que vivían allí eran mis amigos. Incluso me ayudaban de vez en cuando a mantener el orden y la paz del bosque. Era muy feliz en aquél lugar.

Sin embargo, un día, mientras recogía toda la basura del lugar, oí unos pasos que se acercaban a mi.

Rápidamente me escondí detrás de un árbol. Creí que era algún turista despistado que había olvidado algo. Y como las personas se asustan fácilmente al verme, lo mejor era no ser visto.

Sin embargo, vi a una pequeña niña con una capucha roja y una cestita en la mano. Lo primero que pensé fue: tal vez esta perdida y no sabe como regresar a casa.

Naturalmente me paré en frente de ella, eso sí, con mucha cautela para que no se asustara, y le pregunté su nombre, si estaba perdida, a dónde iba y cosas por el estilo.

Me contó, entre risas y baile, que iba a ver a su abuelita para dejarle algo de comer. A primera vista, se me hizo una persona honesta y confiable, así que le advertí sobre los peligros de atravesar el bosque sin algún adulto.

Asimismo le dije que no podía lastimar a ningún animalito o flor mientras estuviera en el bosque y también le aconsejé sobre cuál era el mejor camino para llegar a la casa de su abuela.

Aunque por lo visto, la niña de la caperucita roja no me prestó atención y siguió su camino como si nada. Yo la seguí de lejos para ver que no le pasara nada durante su recorrido y para ver si había escuchado mis indicaciones.


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Me molestó bastante ver que la niña no me hizo caso y estaba arrancando cuantas flores veía, así que me apresure a la casa de su abuelita para comentarle la situación.

Al llegar, me abrió la puerta una muy simpática viejecita. Le explique lo que estaba pasando y la abuelita estuvo de acuerdo en darle una lección a su nieta.

Quedamos en que la abuelita se iba a esconder mientras yo me hacía pasar por ella y cuando llegara caperucita roja, la regañaría por estar arrancando flores del bosque. Así que, se escondió debajo de la cama. Yo me vestí con su ropa, me acosté y me tape con las sábanas de la abuelita.

Cuando caperucita llegó, la invité a entrar en el cuarto. Al verme, ella dudó un poco y me preguntó sobre mis grandes ojos. Esa pregunta fue algo incomoda para mi y ocultando mi molestia le respondí:

Son para verte mejor.

Sin embargo, eso no la tranquilizó. Después de unos instantes, ella volvió a cuestionarme, pero esta vez fue sobre mis grandes orejas. Eso me hizo enojar, pero sabía que debía mantener la postura, así que le dije

Son para escucharte mejor.

Todavía no terminaba de responderle sobre mis orejas cuando la niña malcriada me preguntó sobre mis grandes dientes.

En verdad, eso fue un gran insulto para mi ya que me hizo recordar que cuando era cachorro, ningún animal se quería juntar conmigo por mis dientes enormes.

Debido a la furia provocada por esa pregunta, reaccioné violentamente, salté de la cama y con una gran furia, le dije:

Son para comerte mejor.

Pero siendo sincero, nunca me comería a una niña. Nunca me he comido a ninguna persona y eso que mucha gente que tira basura en el bosque se lo merece.

Caperucita roja comenzó a correr por toda la casa, gritando y pidiendo ayuda. Aunque yo estaba detrás de ella intentando calmarla, ella ya no me escuchaba.

De un momento a otro, la puerta se abrió bruscamente y un guardabosque apareció con un hacha en la mano. Lo peor es que yo ya me había quitado el vestido de la abuela y vi que estaba metido en un gran problema.

Lo único que pude hacer fue saltar por la ventana, sin embargo, los vidrios me lastimaron y no pude correr más allá de 5 metros. El guardabosque me alcanzó, pero en ese instante yo ya me estaba desmayando. Lo único que pensé… es que era mi fin.

Horas después desperté, pero ya no estaba en la casa de la abuela, estaba muy confundido, tenía un fuerte dolor de panza y me sentía muy pesado. No supe que me había pasado, solo quería regresar a casa.

Con la poca fuerza que me quedaba, pude adentrarme en el bosque. Encontré un lugar confortable y me quede dormido.

Al siguiente día, me enteré que el guardabosque creyó que me había comido a la abuela, así que me abrió el estomago con su hacha y me la llenó con un montón de piedras.

Ahora ya sabía el motivo del dolor de panza y la gran pesadez. Sin embargo, ya no podía hacer nada, solo quedarme ahí.

La abuelita nunca contó la verdad y no sé porque. Tal vez no quiso quedar mal ante la gente y que le hicieran lo mismo.

Han pasado 3 días de aquel incidente y ya nadie visita mi bosque. Tampoco he visto rastro de ninguno de mis amigos, yo pienso que tal vez me tienen miedo.

Tampoco tengo fuerzas para cuidar más de mi amado hogar. Me siento muy débil y no creo resistir más este gran dolor de estomago que tengo. Creo que moriré aquí, solo y con mi reputación destruida.

Lo único que puedo hacer es escribir esta última carta… con la esperanza de que alguien sepa que en verdad yo no soy el malo de esta historia.

¿Qué te pareció esta historia? Cuéntanos en los comentarios. Estaremos encantados de leerte.

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