Cuento: El regalo de los duendes

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El cuento “El regalo de los duendes” es un relato en donde los niños aprenderán las consecuencias de ser ambiciosos y egoístas, y así poder reflexionar acerca de sus propios actos. El autor de este cuento es desconocido.

Los regalos de los duendes

Un sastre y un platero (persona que se encarga de labrar la plata) se habían embarcado en una aventura dentro de un bosque. Los dos estaban caminando y platicando de sus viejas aventuras, cuando de repente oyeron música a lo lejos. El sonido era bastante extraño, pero daba una sensación de alegría.

La curiosidad de saber que estaba ocurriendo provocó que los dos amigos se animaran y apresuraran el paso.

Después de varios minutos de caminar, llegaron a un montecillo, justo en el momento en que estaba saliendo la luna. Ambos se quedaron asombrados al observar que dentro de aquel montecillo se encontraban muchos hombrecillos y mujercitas muy pequeñas que bailaban, saltaban y cantaban la canción rara pero alegre, que habían escuchado a lo lejos.

En el centro del corro (círculo formado por un grupo de personas, especialmente para hablar o cantar) estaba un hombrecillo muy viejo y más alto que los demás. También tenía un traje de muchos colores y una barba muy larga y blanca.

Tanto el sastre, como el platero se quedaron observando, desde lejos, como bailaban y cantaban alegremente. En un momento de descuido, el viejecito los vio y los invitó a ser parte del corro.

Al principio, los dos amigos dudaron un poco, sin embargo, el platero era muy decidido y aceptó la invitación. En cambio, el sastre era más tímido, al principio no quiso entrar, pero después de pensarlo un poco, perdió el miedo al ver a todos, incluido a su amigo el platero, riéndose y divirtiéndose juntos.

Los dos amigos se sentaron a un lado del viejito. Los demás hombrecillos y mujercillas seguían cantando y bailando como si nada. pero de pronto, el viejito sacó un enorme cuchillo que tenía en el cinturón, comenzó a sacarle filo y se quedo mirando al platero y al sastre.

Los dos estaban muertos de miedo, y tanto fue este terror, que ninguno se podía mover. El viejecito, sin decir ni una sola palabra, agarró al platero y de 2 tajos le cortó el pelo y la barba; luego repitió lo mismo con el sastre. El viejecito comenzó a reír al ver la cara de susto de los dos y después les dio una palmada en la espalda y les dijo que no les iba a hacer nada malo.

Después del buen susto, el viejecito les enseño un montón de carbón que había allí a su lado y les dijo:

Tomen todo el carbón que quieran. Es un regalo que les quiero dar por el tremendo susto que se llevaron. Además se ve que son muy buenos amigos y aquí valoramos mucho eso. Adelante, no sean tímidos.

Los dos amigos se quedaron estupefactos, pero para no hacerle el feo al regalo del viejecillo, se llenaron los bolsillos y se quedaron a convivir. Después de un largo rato, los dos amigos decidieron continuar su camino. Se despidieron y se fueron a buscar algún lugar para pasar la noche.

Por fin lograron encontrar un buen refugio y oyeron a lo lejos como las campanas de una iglesia sonaban, dando la noticia que eran las 12 de la noche. Y aunque los 2 amigos ya no pudieron ver, en ese momento los duendecillos dejaron de cantar y reír, y aquel montecillo se quedó en silencio total.

El sastre y el platero se quedaron dormidos instantáneamente, ya que se encontraban cansados por la larga caminata.

En la mañana siguiente, ambos despertaron y sintieron que su ropa pesaba muchísimo. Metieron las manos a los bolsillos y se dieron cuenta de algo bastante extraño; ya no tenían el carbón que el viejecillo les había regalado, sino que ahora tenían grandes pedazos de oro puro. También se dieron cuenta que el pelo y la barba les había vuelto a crecer.

Los dos estaban muy felices. De la noche a la mañana se habían convertido en personas ricas; sobre todo el platero que fue más aprovechado y se metió mucho carbón en las bolsas.

La ambición del platero fue tan grande que le dijo a su amigo el sastre:

¡Oye tengo una grandiosa idea! en vez de seguir nuestro camino, vamos a quedarnos una noche más para regresar al montecillo y pedirle más carbón al duende.

Yo estoy bastante feliz con el oro que nos regalaron; ahora podré poner un taller, me casaré y seré muy feliz el resto de mis días le respondió el sastre al platero.

Al platero no le pareció mucho la idea de su amigo y con una gran terquedad decidió quedarse ahí a esperar la noche. El sastre, ya que no quería dejar solo a su a mejor amigo, decidió quedarse con él; pero solo para hacerle compañía.

Ambos se quedaron esperando y cuando por fin se puso el sol, el platero agarró dos grandes costales que encontró por ahí y estaba dispuesto a llevarse todo el oro de los duendes. Y a pesar de insistir una última vez, el sastre dijo que no lo acompañaría y que lo esperaría en la cabaña.

Al llegar al montecillo, el platero se encontró a los duendes y el viejecillo repitió el mismo procedimiento que la noche anterior: le cortó el pelo y la barba, y lo invitó a tomar todo el carbón que quisiera. Sin perder tiempo, llenó los dos costales y después se regresó con su amigo el sastre para dormirse lo antes posible.

Al despertar, el sastre se llevó un gran disgusto ¡los sacos estaban llenos de carbón! Pero lo peor fue que el oro que ya tenía, cuando fue con el sastre, se había convertido en carbón. Había perdido todo.


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Estaba tan frustrado y enojado que quiso tirarse de los pelos, pero se dio cuenta de que el pelo no le había crecido. Estaba rapado y sin barba. En ese momento se dio cuenta de que lo que le pasó fue su gran ambición y egoísmo.

El sastre se despertó al escuchar como lloraba su amigo, pero como era tan buena persona le dijo:

Lo siento tanto por tu desafortunado encuentro, pero nosotros hemos sido amigos por muchísimo tiempo y siempre hemos compartido todo. Tal vez ya no podré poner el taller con todo lo que quisiera y tal vez mi boda no será tan espectacular como lo había planeado, pero tu eres mi amigo y quiero compartirte la mitad de mi oro.

Pasaron los años y el sastre cumplió su promesa al pie de la letra. Puso su taller, se casó con una hermosa mujer y a su amigo le dio la mitad de sus riquezas. Pero eso sí, el platero tuvo que utilizar sombrero toda su vida porque el pelo y la barba ya jamás le creció.


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