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El gato con botas

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El cuento infantil “El gato con botas” es un relato en donde conocerás la historia del gato que hizo hasta lo imposible para que su dueño, un hombre pobre y sin donde caerse muerto, pudiera darse una vida de lujos. ¿Crees que el pequeño gato lo logró? Acompáñame a descubrirlo.

¿Qué aprenderé con este cuento?

Aprenderás que en la vida hay que luchar por lo que uno quiere y nunca rendirse hasta lograrlo. También aprenderás que el que piensa bien lo que hará, puede lograr cualquier cosa.

La historia del gato con botas

Había una vez un molinero que tenía un molino de viento, tres hijos, un burro y un gato. Los hijos habían trabajado desde muy pequeños, moliendo el grano; el burro trabajaba llevando sacos de harina, y el gato trabajaba cazando los ratones del molino.

Y cuando el molinero se murió, los hijos se repartieron la herencia: el mayor se quedó con el molino y el segundo con el burro. El tercero cogió el gato, porque no le quedaba otra cosa; y estaba fastidiado con su suerte y decía:

 ¡Vaya una herencia que me ha tocado! Mi hermano mayor podrá moler el trigo, el segundo irá montado en burro, y yo, ¿qué voy a hacer con un gato? Como no me haga unas manoplas con su piel, no sé para qué me va a servir.

Entonces el gato le dijo con su vocecita suave:

 Oye, no me mates; mi piel no vale la pena, y te quedarían unas manoplas bastante feas. Es mejor que me hagas unas buenas botas, y podré lucirme entre la gente y te ayudaré.

El hijo del molinero se asombró del talento del gato, y le mandó hacer un par de botas estupendas. Cuando se las terminaron, el gato se las puso, metió un poco de trigo en un talego, y salió andando como una persona, con el talego al hombro.

En aquel país mandaba un rey que siempre estaba comiendo perdices (un tipo de ave exótica). Y aunque había bastante perdices entre los surcos de los campos, el aumento de la caza las habían vuelto muy desconfiadas y los cazadores ya no podían matar ninguna.

El gato, que lo sabía pensó sacar provecho del capricho del rey; se fue al campo, abrió el talego, echó por el suelo el trigo y colocó la cuerda del talego formando un lazo por la tierra; escondió detrás de unas matas el otro cabo de la cuerda, y se escondió él también a esperar a sus víctimas.

Las perdices llegaron en seguida a comerse el trigo, y el gato las fue cazando y las metió en el talego. Cuando ya lo tuvo lleno, lo ató bien y se lo echó al hombro y se fue hacia el palacio del rey.

Al llegar a las puertas del palacio, un centinela le gritó:

— ¡Alto! ¿Quién vive?

— ¡Yo vivo y quiero ver al rey!

— ¿Estás loco? ¡Un gato que pretende ver al rey!

Y entonces dijo el otro centinela — Mira, déjale pasar, el pobre rey se aburre mucho, y le divertirá ver este gato con botas.

Así que el gato entró a ver el rey, le hizo una reverencia y dijo con una voz imponente:

— Mi señor el conde me envía a traer a su Majestad estas perdices.

El rey vio las perdices y se puso contentísimo; y luego mandó que le dieran al gato mucho dinero, y el gato lo metió en el talego y el rey dijo:

— Lleva el dinero a tu amo, y dale las gracias de mi parte por su regalo.

Mientras tanto, el pobre molinero estaba en su casa muy triste, porque se había gastado en las botas del gato el dinero que le quedaba; y de pronto se abrió la puerta, y el gato entró y le dejó a su amo el saco a los pies, lo desató, le enseñó todo aquel dinero y le dijo:

— Aquí tienes, por las botas que me has comprado. Y de parte del rey, que muchos recuerdos y que muchas gracias.

El molinero se quedó muy sorprendido: le encantaba tener tanto dinero, pero no comprendía el recado del rey; el gato le explicó su aventura mientras se quitaba las botas, y luego le dijo:

— Hoy te he traído mucho dinero, pero mañana me volveré a poner las botas y haré algo más por ti. Ah, por cierto, que le he dicho al rey que eres un conde.

Y a la mañana siguiente el gato se volvió a poner las botas y salió al campo; cazó otro talego de perdices, se las llevó al rey y el rey le dio otro montón de dinero para su amo.

Así estuvo el gato muchos días, cazando perdices y llevándoselas al rey; y en el palacio real ya le conocía todo el mundo y le querían mucho, y él entraba allí como Pedro por su casa.

Un día estaba el gato en la cocina del rey calentándose junto al fuego, cuando entró un cochero viejo, refunfuñando:

— ¡Maldigo al rey y a la princesa! Ahora que iba a beberme unas copas en la taberna con mis amigos, me manda a llamar para que les lleve de paseo por las orillas del lago…

El gato no perdió tiempo; salió corriendo a casa de su amito, y le llamó desde lejos, gritando:

— ¡Si quieres ser un conde de verdad, vete en seguida al lago y métete en el agua! — El molinero no sabía qué hacer; pero como su gato era tan listo, le obedeció: fue al lago, se quitó la ropa y se metió en el agua.

Y el gato cogió la ropa de su amo y la escondió entre las matas de la orilla. Y en aquel momento, llegó la carroza del rey, y el gato la paró y se puso a gritar:

— ¡Majestad, Majestad! ¡Qué disgusto! Mi amo se estaba bañando en el lago, y han venido unos ladrones y le han robado la ropa. Y ahora no puede salir del agua, y va a coger una pulmonía.

El rey mandó a uno de sus criados al palacio a buscar uno de sus vestidos reales para el amo del gato; y el molinero se puso los vestidos del rey. Y como el rey creía que aquel muchacho era un conde y estaba muy agradecido por todas las perdices que le había mandado, le hizo subir a su carroza.

La princesa se alegró, porque aquel joven era muy guapo, y con el traje del rey estaba más guapo todavía. Y mientras la carroza seguía por el camino, el gato se adelantó y llegó a una pradera donde había muchos trabajadores segando heno. El gato les preguntó:

— ¿De quién es este prado?

— Del brujo del pueblo — le contestaron los campesinos.

Y el gato les dijo: — Mirad, amigos; dentro de unos momentos va a llegar la carroza del rey, y cuando pregunte quién es el amo de este campo, tenéis que decir: “Es del señor conde”: Si no hacéis lo que os digo, os pasará una desgracia.


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El gato siguió corriendo y llegó a un trigal muy grande; y a los segadores que trabajaban en él les preguntó:

— ¿De quién es este trigal? — Es del brujo del pueblo.

El gato les dijo lo mismo que a los campesinos del prado: que si el rey preguntaba quien era el amo del trigal dijeran que era el conde. Siguió corriendo, y llegó a un hermoso bosque de robles, donde había muchos leñadores cortando árboles; el gato le preguntó:

— ¿De quién es este bosque?

— Es del brujo del pueblo — dijeron los leñadores; y el gato volvió a ordenarles que si el rey preguntaba quién era el amo del bosque, dijeran que era del conde.

Siguió corriendo por el camino; todos se le quedaban mirando, porque resultaba muy raro ver un gato con botas andando como una persona; llegó al palacio del brujo, y entró en el salón.

El brujo estaba allí sentado, y el gato le hizo una reverencia y le dijo:

— ¡Oh gran hechicero, oh sabio! He oído decir que puedes convertirte en el animal que quieras, pero que no te puedes convertir en elefante. ¿Es eso verdad?

— ¿Qué no me puedo convertir en elefante? ¡Mira! — Y, en un momento, el brujo se convirtió en un elefante enorme.

 ¡Maravilloso! — dijo el gato. — ¿Y puedes convertirte en león?

— Eso es un juego para mí — dijo el brujo, y se convirtió en león.

— ¡Eres un verdadero artista! — dijo el gato, un poquitín asustado del león que tenía enfrente. — Pero seguramente te resulta más difícil convertirte en un animal pequeño, por ejemplo, en un ratoncito…

— ¿Difícil? ¡Qué bobada!

El hechicero se convirtió en ratón y entonces el gato se hizo sobre él y se lo comió. Y mientras tanto el rey, su hija y el conde iban en la carroza y pasaron al lado del prado donde segaban heno, y el rey preguntó a los campesinos:

— ¿De quién es esta pradera tan hermosa?

— Es del señor conde — dijeron los campesinos.

— Tenéis una buena finca, conde — dijo el rey al molinerito.

Y luego pasaron junto al bosque de robles, y el rey preguntó a los leñadores: — ¿De quién es este bosque?

— Del señor conde, Majestad.

El rey miró al molinero con admiración, y le dijo: — Debéis ser un hombre muy rico, conde. Ni yo mismo tengo un bosque tan magnífico como éste.

Y por fin llegó la carroza al pie de un palacio grande y lujoso, que era el del brujo; y en lo alto de la estancia estaba el gato, que salió a recibir al rey, le abrió la puerta de la carroza con una reverencia, y dijo:

— Majestad, entrad en el palacio de mi señor el conde, que toda la vida recordará este honor.

El rey bajó de la carroza, se quedó admirado del palacio, y le entró un poquito de envidia, porque su palacio real no era tan grande ni tan bonito.

Y entonces, el molinero dio el brazo a la princesa y la llevó al salón principal, que estaba lleno de adornos de oro y de perlas: el pobre hijo del molinero se encontró convertido en un hombre rico y noble, gracias a su gato.

Y la princesa quiso casarse con él, y cuando se celebró la boda, el gato iba delante de los novios echando flores por el suelo con mucha alegría. Y cuando el rey se hizo viejecito y murió, el marido de su hija se quedó de rey de aquel país, y como todo se lo debía a su gato, le nombró Gran Chambelán de la corte, y el gato se dio mucho postín.

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